El trastorno bipolar no solo afecta las emociones, sino que también ejerce una influencia considerable en las funciones cognitivas. A menudo, las dificultades en la memoria, la atención y la toma de decisiones pasan desapercibidas, considerándose efectos secundarios menores. Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que estos cambios cognitivos son una parte intrínseca del cuadro clínico, manifestándose incluso en periodos de estabilidad emocional.
El trastorno bipolar se caracteriza por fluctuaciones extremas en el estado de ánimo, abarcando episodios maníacos o hipomaníacos y depresivos. Estas variaciones impactan profundamente la vida diaria de quienes lo padecen, afectando su desempeño laboral, relaciones interpersonales y capacidad para gestionar tareas cotidianas y tomar decisiones. Es crucial entender que sus efectos no se limitan a las crisis emocionales; las alteraciones cognitivas pueden persistir, impactando la forma en que se procesa la información y se mantienen las capacidades mentales.
Estudios científicos han revelado que entre el 40% y el 60% de las personas con trastorno bipolar experimentan algún grado de deterioro cognitivo, incluso en fases de eutimia, es decir, cuando el ánimo está estable. Funciones como la atención, la velocidad de procesamiento y la memoria de trabajo pueden deteriorarse con el tiempo, a un ritmo más acelerado que en la población general. La memoria verbal, por ejemplo, suele verse afectada desde las primeras etapas, dificultando la retención de información. En contraste, la cognición social y la memoria visoespacial tienden a seguir patrones de envejecimiento similares a los de individuos sin la condición.
En la vida diaria, la atención es particularmente vulnerable. Durante la manía, el pensamiento acelerado puede llevar a la dispersión, mientras que en otros momentos, se observa una concentración inflexible en un solo estímulo. La memoria verbal no siempre implica olvidar completamente, sino una incapacidad para registrar correctamente la información inicial. Además, la velocidad de procesamiento se reduce, lo que puede generar incomodidad en situaciones que demandan agilidad mental.
Varios factores contribuyen al deterioro cognitivo. La frecuencia y severidad de los episodios, especialmente aquellos con síntomas psicóticos o que requieren hospitalización, se correlacionan con mayores dificultades en las funciones ejecutivas y la atención. El estilo de vida también es relevante; la falta de sueño, el estrés crónico y el sedentarismo afectan la plasticidad cerebral. Factores metabólicos como la obesidad, hipertensión y niveles altos de triglicéridos pueden empeorar el rendimiento cognitivo. En cuanto a los tratamientos, algunos fármacos pueden causar sedación, mientras que otros, como el litio, pueden ofrecer un efecto neuroprotector dentro de los rangos terapéuticos adecuados.
Para abordar estas dificultades cognitivas, es fundamental prestarles una atención específica. La rehabilitación cognitiva, que implica ejercicios guiados y repetitivos, busca fortalecer funciones como la atención y la memoria, ayudando a la mente a responder de manera más eficiente dentro de sus capacidades actuales. Las estrategias de compensación, como el uso de recordatorios, agendas y rutinas claras, reducen la carga mental y permiten enfocar la energía en lo esencial. Adaptar el entorno, minimizando distracciones y simplificando tareas, también facilita el flujo de pensamiento y reduce el esfuerzo mental. Finalmente, comunicar estas dificultades a las personas cercanas ayuda a prevenir malentendidos, fomentando un ambiente de comprensión y apoyo. Al reconocer y abordar la dimensión cognitiva del trastorno bipolar, se abren nuevas vías para mejorar la calidad de vida y el bienestar de las personas afectadas.